Dos horas

Voy a buscarte. Hace dos horas te dejé al pie de la escalera y te vi subir los escalones despacio, despacio, agarrada a la barandilla. Ajena, inmersa en tu mundo hoy difícil. 

En la radio suena la voz y la guitarra, triste esta vez, de Mark Knopfler. “Some day you'll return to your valleys and your farms”; la vida está sembrada de batallas, y tú estás ahora librando la más dura. Podría cambiar de emisora, buscar algo alegre, pero no me apetece. A veces es bueno no fingir, concentrarte en tus sentimientos, en tu sensibilidad, tantas veces acallada, y dejar que tus ojos se humedezcan en soledad y silencio. 

Entre semáforo y semáforo voy pensando en nuestra historia. Paisajes, montañas, risas, lugares compartidos. Y sombras. Es difícil prolongar tantos años una convivencia, atípica, sin papeles ni promesas incumplibles; a contracorriente. Pero ahí seguimos; respetando nuestros silencios, nuestros espacios, nuestras ausencias sin preguntar nunca los porqués ni los con quién. En momentos como este es cuando te das cuenta de cuánto puedes llegar a querer a una persona. 

Y tu mente, ¿por qué mares navega durante esas dos horas en que estás enganchada a la esperanza? 

Mark arranca los últimos arpegios a su guitarra y ya te veo esperando en el bordillo de la acera, tu cabeza cubierta con ese gorro azul que elegimos juntos, entre risas, en Amazon. Aparco en doble fila, te llamo, sonreímos, te abro la puerta, “¿qué tal te ha ido”?, “bien”. Y en silencio regresamos a casa, hay que preparar algo para cenar.


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