Abueletes (14)
Hace unos días desayuné, en el bar de siempre, un café con una porra. En la mesa de al lado, dos parejas, ya talluditas, hablaban del “brunch” que iban a tomar después en no sé qué hotel. Ya había oído ese “palabro” en alguna hortero-tertulia de algún canal telele-visivo, pero no sabía a lo que se referían los “sabelotodo” tertulianos. Así que acudí al diccionario de la RAEL. Leí: “Brunch: Comida que se toma a media mañana en sustitución del desayuno y de la comida de mediodía”. Es decir, el “almuerzo” de toda la vida. No me imagino a los trabajadores del campo de mi tierra interrumpiendo la faena de media mañana diciendo: “voy a tomarme el brunch”, en lugar del “voy a almorzar” que han dicho toda la vida mientras deslían el bocadillo de morcón o mortadela, y echan un buche de agua fresquica del botijo.
Pero el mal ya está hecho. Estas horribles palabras de importación se instalan en nuestro habla como ladillas, al principio con timidez, como pidiendo permiso, pero poco a poco van conquistando adeptos snobs, se extienden y acaban sustituyendo en tertulias, conversaciones y artículos de prensa a la palabra original equivalente. Entonces el diccionario de la RAEL elimina la palabra autóctona “por falta de uso”, dicen, y la sustituye por la importada de moda.
Así que para que no desaparezca la preciosa palabra “almuerzo”, en favor de la hortera “brunch”, por falta de uso, la voy a usar y repetir aquí unas cuantas veces, a ver si me leen los sesudos académicos de la RAEL y, al menos, aplazan su eliminación unos años: almuerzo, almuerzo, almuerzo, almuerzo, almuerzo, almuerzo, almuerzo, almuerzo, almuerzo, almuerzo, almuerzo, almuerzo, almuerzo, almuerzo.



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