La quinta uva
Aquella tarde de fin de año, al dejarla cerca del portal de su casa, derrotado una vez más, le dije: “Te prometo al menos recordarte esta noche cuando me tome la quinta uva”. Me contestó un “vale” dulce. Fue lo último que hablamos. Se bajó del coche; la vi alejarse en el espejo retrovisor rumbo, quizás, a aquél él inquietante; desapareció.
Desde entonces, cada noche de fin de año la recuerdo al tomarme la quinta uva. Es un recuerdo breve, apenas dura el espacio entre dos campanadas, un par de segundos. Suficientes para poder revivir su sonrisa, su acento, su mirada, su cuerpecillo, su salero. Luego llega la sexta uva, que lo borra todo. A veces pienso que en esa sexta uva viaja él, en un intento también eterno, también inútil de perseguirla sin atisbo de esperanza. Pero no creo.

A ver si al final del 2026 se desvela el misterio. Esperaremos.
ResponderEliminarSalu2, Diego.
Esperaremos, Dyhego, ya falta menos :)
EliminarAbrazo.
Puede llegar a caber tanto en dos segundos...
ResponderEliminarLo importante es planificarlos bien: planteamiento, desarrollo y desenlace :)
EliminarSiempre digo que hay historias que mejor quedan suspendidas en esa quinta uva que convertidas en una realidad que, suele ser, decepcionante... la quinta uva siempre es única y brillante, deberías dejar ahí las campanadas, no tomarte nunca la sexta.
ResponderEliminarTienes razón, Beauséant. No hay quinto malo. El año que viene suprimiré el resto de uvas para prolongar el sabor de la quinta :)
EliminarBuen comienzo de año, Diego, con tu magnífico relato.
ResponderEliminarAunque lleno de misterio, a través de tus letras, le he podido ver con mis propios ojos.
Te prodigas poco con los relatos. Lo haces muy bien.
Abrazo grande.
Espero que nos sigamos viendo por estas ventanas este año del gran eclipse, Maripaz.
EliminarAbrazote gordo.