La quinta uva

Se lo prometí una tarde de un treintaiuno de diciembre ya lejano. Llevaba tiempo intentando montarme algo con ella, desplegando mis encantos y habilidades cada vez que la veía —cual pájaro Ptiloris victoriae—, para tratar de conseguirla. Era inútil; se dejaba hablar, se dejaba acercar, sonreía, pero en el momento del asalto definitivo, siempre me decía: “no puedo, está él”. Yo miraba alrededor y no veía a nadie, nunca supe a quién se refería. ¿Quién era aquél él misterioso?, ¿un novio?, ¿un amante?, ¿un dios?... Entonces Eros me abandonaba, para navegar en otros fuegos más mutuos. 

Aquella tarde de fin de año, al dejarla cerca del portal de su casa, derrotado una vez más, le dije: “Te prometo al menos recordarte esta noche cuando me tome la quinta uva”. Me contestó un “vale” dulce. Fue lo último que hablamos. Se bajó del coche; la vi alejarse en el espejo retrovisor rumbo, quizás, a aquél él inquietante; desapareció. 

Desde entonces, cada noche de fin de año la recuerdo al tomarme la quinta uva. Es un recuerdo breve, apenas dura el espacio entre dos campanadas, un par de segundos. Suficientes para poder revivir su sonrisa, su acento, su mirada, su cuerpecillo, su salero. Luego llega la sexta uva, que lo borra todo. A veces pienso que en esa sexta uva viaja él, en un intento también eterno, también inútil de perseguirla sin atisbo de esperanza. Pero no creo.

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